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“Minutos antes de las ocho estoy a punto de acostarme ahora, porque me levanto a las cuatro de la mañana. Es una rutina”. Serena, sin la ampulosidad que corona a los viejos monumentos, sino con la sencilla majestad que algunos años y una larga trayectoria profesional pueden dar.
Así lució Mónica Delta, la misma que asomaba a través de nuestras pantallas hace una década, la otra que tras un largo y comprensible autoexilio llegó dispuesta a rehacerse en el panorama incierto del periodismo nacional.
¿Utopía? Decimos incierto porque nuestra percepción actual de la prensa –hablo como televidente, lector o radioescucha- es esa misma que tenemos cuando asistimos a una pomposa mascarada: helas ahí, la voz sin rostro, el argumento como antifaz, la pedantería cual mejor traje. Incierto porque nadie es quien dice ser. Incierto porque nadie es quien piensa ser.
Y bueno, Mónica Delta conoce mejor esas circunstancias. Cuántos años en televisión. Cuántos días de su vida acercándose y deteniéndose ante el coqueto canto del poder. Y cuánto tiempo de decirle no a las sirenas, ¿verdad?, y cuántos más de reiterarlo en las afueras, donde la propia voz se escucha más profunda, hasta convencernos de que caminamos en la dirección acertada. Hasta que transcribimos la voz.
Publicado a poco menos de un año desde su retorno, “Minutos antes de las ocho”, un libro de no-ficción que lo cuenta todo, a decir de su autora, se suscribe en esa tendencia con frecuencia visitada de cronicar la propia vida sirviéndose de la retórica de este vil oficio. Técnicamente, no es una novedad. Temáticamente, la abundancia de detalles nos informa de una urgencia catártica que llevó a Delta del salvaje desahogo al libro.
Leyendo a los que leen…
“Yo no pretendo dejar ninguna enseñanza, sino sólo compartir una experiencia de vida. Más bien creo que soy yo quien ha aprendido escribiendo el libro y he aprendido mucho de las reacciones de la gente tras leerlo”. Le creo. Las luces del Real Plaza dibujan un incipiente contorno y el gráfico se esfuerza por exprimirle más luz a los faroles.
Le creo porque el objeto de toda escritura es autoconocerse. El libro, a fin de cuentas, esconde su intimidad entre las líneas y luego la intimidad es casi incomunicable –guardo una parpadeante esperanza al respecto. Por eso también sospecho que Delta aprende del estupor de los que no consiguen leer, sencillamente. Una autobiografía sólo sirve para seguir viviendo y con el mundo a cuestas.
No hay viento. Hay mucho calor. La presentación del libro en el exterior de la librería Crisol fue breve como sus escasas páginas y hay alguna gente alrededor, gente que llega, gente que deserta, los fisgones… “Hay que distinguir entre Alan como persona, como político y como gobernante. Yo sólo apunto a la persona”. Era inevitable preguntarle por el tema. Doña Mónica no se incomoda. A pocos metros, Jerry observa entretenido. La ama.
“El periodismo nacional de hoy me parece agresivo. Es cierto que se debe ser exigente, pero sin caer en el insulto personal o en la calumnia”. Sin embargo, la agresión también fecunda las propuestas. Sino, bástenos sus propias palabras sobre Jaime Bayli: “es provocador y eso le faltaba a la política nacional. Volverá más interesante la campaña”.
Los caminantes del Real Plaza parecen apurarse. ¿Cuándo sabe uno que ha terminado de escribir? “Simplemente acabé cuando acabó un período de mi vida y sentí que debía comenzar otra fase”. No lo sabe. Nadie lo sabe. A Dios gracias.
Por. José Luna Muñoz
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