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Por: Redacción La Industria

ACTUALIDAD

Publicada el 11/08/2020 - 07:30 PM

[Opinión] La ivermectina y mis tres días de covid-19, por Víctor Jara


Si usted no es responsable, no mantiene el distanciamiento social y no sigue las recomendaciones médicas, podría pasar a formar parte de las estadísticas de esta terrible pandemia.

Sábado

El sábado 18 de julio, después de 4 horas de clase en la universidad (dos por cada grupo), terminé con un rasponazo en la garganta. Creí que era producto de las clases por Meet. Cayó la noche, llegó el domingo y me apareció un raro y fuerte hipo. Tampoco le di importancia porque hasta ese momento me sentía inmune. Juraba que este maldito virus no iba a tocar mi puerta.

Domingo y lunes 

El domingo, para afinar la garganta, mientras leía los periódicos, tomé una lata de cerveza en casa. El hipo era cada vez más fuerte. La madrugada del lunes 20, un día antes de terminar mis vacaciones, empecé a sentir dolor en la cintura y espalda. Tras el amanecer, por momentos, sentía como si dos agujas me pincharan los riñones y los pulmones. Me levanté, fui a la farmacia, pedí pastillas para el malestar y me tiré a la cama.
 Mientras ojeaba uno de los 5 libros que aún no he terminado de leer en esta pandemia, parecía que mejoraba. Cayó la noche del lunes, la madrugada del martes 21 de julio se tornó horrible: no podía dormir, transpiraba a chorros. "Que buenas pastillas, estoy botando el malestar", dije sin saber que mi organismo libraba una dura batalla contra el coronavirus.

Martes 
 El martes pasé todo el día en cama. Al mediodía me levanté, crucé la calle y entré al restaurante, al cual he vuelto después de 4 meses. No recuerdo qué pedí. Para entonces ya había perdido el apetito y el gusto. Intenté comer, pero me fui dejando casi todo el potaje. Me sentía parco, aburrido, sin ganas de nada, mientras la sensación de dolor se hacía más fuerte y empezaba la tos.

Seguía creyendo que era una gripecita, como el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, calificó al coronavirus y después resultó contagiado pidiendo perdón y tragándose sus palabras. 

Volví a cruzar la calle, llegué a casa y me acosté. La tos era casa vez más frecuente. Sentía frío. Subí a la azotea en búsqueda de sol. Después de toser, ya en la azotea, sentía que el aire se me iba. Era terrible. Respirar es algo natural y nunca nos damos cuenta cuando lo hacemos, pero en ese momento tenía necesidad de hacerlo, de inhalar aire para calmarme. Respirar era una nueva necesidad. 

El susto y la desesperación intentaban dominarme, pero luego me pasaba y seguía creyendo que era un simple resfrío, de esos que casi todos sufrimos una vez por año.
 Volví a la cama, mientras por WhatsApp le contaba de mi gripecita a una amiga enfermera, quien que en este tiempo trabaja en los hospitales de las zonas más azotadas por la pandemia atendiendo a pacientes covid.

"Es covid. En los hospitales todos los infectados transpiran demasiado y terminan tapándose con periódicos. Los periódicos absorben rápido el sudor. ¿Qué enfermedad puede tumbar a la cama a una persona joven como tú? Es covid", me dice muy convencida.

El martes aún no ha terminado: voy a la tienda, regreso y otra vez siento que me falta el aire. Respirar vuelve a ser una necesidad por satisfacer. Oscurece y otra vez la noche se convirtió en chorros de sudor. Me cambié de ropa más de 10 veces. No puedo dormir. Enciendo el televisor, me conecto a Netflix, veo videos de gastronomía en mi celular, intento leer un libro. Afuera el frío arrecia, mientras yo sigo transpirando.
 Cada minuto es más largo y mi sospecha de estar infectado de coronavirus se hace más grande. Nunca había transpirado tanto por simple resfrío.

Miércoles

Ya es miércoles, sigue el dolor y la tos es más fuerte. Dudo que se trate de una "gripecita". Ya van tres días de estar en cama. Además, para mí un resfrío nunca fue una enfermedad a tener en cuenta. Si se prolongaba varios días, tomaba unas pastillas y al día siguiente con una buena rutina de ejercicio o un partido de fútbol se me iba el resfrío.
 Ya he tomado más una docena de pastillas, pero siento más dolor, más tos y profundo malestar. Me asusto. Es demasiado raro. Una gripe o un malestar no pueden durar más de tres días. "Es covid", digo. Estoy casi convencido.

Son las 9 de la mañana. Suena mi teléfono. Después de mucho tiempo, un amigo me llama para parlar. Le respondo e inmediatamente, por mi voz, detecta que no la estoy pasando nada bien. Le cuento que estoy resfriado. "¡Cuidado!", me responde. Entiendo que me advierte sobre el coronavirus. Le doy más detalles. "Si quieres, tengo ivermectina", me dice. No lo dudo. Voy a su casa. Lo llamo y le digo que no se me acerque mucho. Nos despedimos. Minutos después, a las 10 de la mañana, tomo 2 unidades de este medicamento, que hoy en día, para muchos, incluido médicos, parece ser un gran aliado contra esta maldita pandemia.

Han pasado casi 8 horas desde que tomé la ivermectina. He dormido varias horas y de pronto despierto y siento un gran alivio. ¡He mejorado! 

Jueves
 El jueves, otro amigo sabe que no estoy bien. Me llama para dejarme media docena de ivermectina. Tomo otras dos más y me acuesto. Cada hora que pasa me siento mejor, pero me preocupo porque ahora más que nunca creo que estoy contagiado.
 Mi preocupación se hace más grande porque al día siguiente visitaré a mi familia. No quiero arriesgar ni contagiar a nadie.

Recuerdo que tengo contacto con un médico del Hospital Regional de Trujillo, donde trabaja en zona covid. Le escribo por WhatsApp y le explico lo que me pasa. Me pregunta qué tomé. Le digo, medicamentos para la gripe y después ivermectina. "Está bien. Ahora toma Panadol por seis días. No creo que sea covid, pero por precaución y protocolo hazte la prueba 8 0 10 días después de los primeros síntomas", me recomienda.
 Cada día que pasa me siento mejor, el dolor y la tosa van desapareciendo, pero he decidido no salir ni a la puerta. Estoy casi seguro que tengo covid.

10 días después 

Han pasado 10 días desde que aparecieron los primeros síntomas. Es martes 28 de julio. 

En unas horas el presidente Vizcarra dará su mensaje de Fiestas Patrias. No puedo perderme. Es algo muy importante para mí como periodista. Así que me levanto muy temprano y me dirijo a un conocido laboratorio para pasar la prueba covid. Llego, pero todo está cerrado por ser feriado. Vuelvo el miércoles, me sacan sangre y dejo mi correo para que por la noche me envíen los resultados.

Estoy conduciendo de vuelta a casa y de pronto siento un ligero mareo y veo borroso. No puedo ver bien. Me estaciono unos minutos. Me pasa y sigo. Estoy más preocupado. Sigo pensando que estoy contagiado. Así que decido acostarme en espera de los resultados. Son las 10 de la noche, mientras en la televisión siguen analizando lo malo que fue el mensaje presidencial, veo los resultados: ¡tengo covid! La prueba arrojó positivo. Intento calmarme, pero no puedo. 

Llamo a un amigo, quien me dice que esté tranquilo, que no me preocupe porque ya pasé lo peor. Y efectivamente, ya no siento dolor, la tos cada día es más leve. Sin embargo, horas después me siento ansioso. Y me pregunto, ¿qué sentiría o cómo estaría si esta noticia hubiera llegado durante los tres días de síntomas de Covid? No quiero imaginarme, pero los médicos recomiendan que lo mejor es no desesperarse e iniciar el tratamiento. Controlar lo psicológico es un gran aliado frente a esta enfermedad, que por ahora sigue haciendo de las suyas en todo el mundo.
 Han pasado más de 20 días. Los médicos dicen que ya pasé la enfermedad, que ya no contagio a nadie, pero que debo de cuidarme más que antes. No sé dónde, cómo ni cuándo me infecté, pero sí sé que estamos en riesgo absoluto, que el virus está en todas partes y que, en cualquier momento, si usted no es responsable, no mantiene el distanciamiento social y no sigue las recomendaciones médicas, podría pasar a formar parte de las estadísticas de esta terrible pandemia.

 ¡A cuidarse más que ayer!


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