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Por: Redacción La Industria

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Publicada el 24/10/2020 - 01:02 PM

[Opinión] Colorín Colorado, ese cuento está salado, por Cecilia de Orbegoso


Si no es el momento indicado para cerrar un capítulo, por más que se intente, el libro seguirá abierto.

Gabriela, una simpática Madrileña con la que compartí casa en Londres por una temporada, cayó como regalo en mi vida en un momento en el que lo que más necesitaba era compañía. Andábamos de arriba abajo juntas y, por más de que yo no tuviera mesura alguna en contarle mi vida entera, ella se mostraba un poco más tacaña en su despliegue de información. Solo pude sonsacarle que había tenido un ex en Madrid con el que había durado aproximadamente unos 5 años.  Pasaron los meses y ella empezó a mostrarse un poco más generosa con lo que compartía conmigo. Intercambiábamos hazañas, las cuales, ahora más cómodamente, Gabriela pavoneaba. Sin embargo, al tocarle el tema del ex y por más que yo tratara de jalarle la lengua, ella insistía en que, por un tema de energías, prefería no revivir ese tema.  

En algún momento durante esta colorida temporada, su mejor amigo Edgar vino a visitarla, y el domingo antes de su partida fuimos los tres por varias rondas de rosé. Edgar, quien sabía de cabo a rabo toda la historia amorosa de su querida amiga, al escuchar la introducción, trama y desenlace de las más recientes historias de Gabriela, la miró a la cara y le dijo, “no te das cuenta del patrón!, ese hombre (haciendo referencia al ex, alias "Voldemort") ya te saló”.  

Yo, después de que Edgar se hubiera despedido y aún encontrándome bastante curiosa, le exigí a Gabriela una explicación “ay, Edgar y sus teorías del cosmos, las vibras, la energía y el destino” me decía, “me rehúso a creer que alguien a quien yo quise tanto, quiera, aún inconscientemente, hacerme daño” 

Ya sea por mera casualidad o por caprichos del destino, el hecho es que un par de años después de esta anécdota, las historias amorosas de Gabriela seguían una marcada tendencia: en un inicio muchísimo interés por parte del galán, llamadas recurrentes, mensajes constantes, pero en el momento en el que ella se empezaba a enganchar, el hombre de turno era de lo más eficiente para hacerse humo.   

Las medidas sanitarias, por lo menos aquí, ya se iban relajando, y después de un par de mensajes por whatsapp y de haberse seguido mutuamente en Instagram, Gabriela accedió a salir por unos tragos con un chico que le hacía acordar muchísimo a su ex enamorado. 

No me sé muchos detalles de dicha salida, pero sí fui testigo de que, al llegar a mi casa, me confesó “qué tal habilidad de este hombre para, tan solo en el transcurso de una hora, haber podido sacar a relucir hasta el último detalle de mi personalidad”. Continuaba explicándome, muy consternada, como “me decía cosas sobre mí que solo mi ex sabía”.  

Con el paso de los días Gabriela se dio cuenta de que lo que su prospecto tenía en eficiencia, también lo tenía en intensidad y, peor aún, elevada a la enésima potencia. El muchacho le mandaba mensaje tras mensaje que Gabriela, bastante saturada, ignoraba como si nada. Pero, aún a pesar de las más que obvias indirectas, él, claramente obsesionado, no dejaba de insistir. Casi tan sofocante como su persistencia era el contenido de sus mensajes, en los que en algunos casos, molesto, demandaba respuestas a preguntas que no se había ganado el derecho a realizar y, en otros, educadamente sugería algún tema de conversación.  

Pasaron casi dos meses, y la intensidad del muchacho seguía un claro patrón de marea: a veces era alta, a veces baja. Aún a pesar de esto, Gabriela no pudo dejar de notar que mientras más tiempo pasaba había cada vez menos necesidad de levantar bandera roja. Una tarde, mientras se dirigía en taxi a una comida, detenida en un semáforo, se lo cruzó. Por suerte, y gracias al efecto mascarilla, este no la reconoció.  Dos días después el muchacho hizo nuevamente acto de aparición, y esta vez Gabriela, desde el fondo de sus entrañas, tuvo la sensación de que era el momento ideal para ponerle a esa historia ya bastante sobredimensionada un punto final.  

Quedaron en un bar cerca a sus casas y, aún a pesar de que la reunión comenzó de lo más casual, mientras las intenciones de ambos participes se iban develando, la tensión en el ambiente se iba cargando. Gabriela educadamente quería ponerle punto final a ese cuento, mientras que el muchacho quería hacer de esa historia el inicio de una saga. 

Gabriela no había terminado de darle los sorbos inaugurales a su campari de la tarde cuando el muchacho empezó a lanzarle su ya conocido repertorio de adjetivos. Gabriela, cada vez con menos paciencia, pero siempre haciendo uso de la gracia que la caracteriza, decidió pararse, agradecer y rápidamente marcharse, dejando al pobre hombre sentado solo en un bar con ganas de seguir insultando y, peor aún, con dos copas a medio tomar. 

Ni bien llegada a casa Gabriela tenía ya reventada su pantalla con una serie de mensajes enfurecidos de aquel hombre recientemente plantado. Ella por su lado, con un texto de lo más educado, lo mando, como dice el dicho, “a freír monos al África” 

Dos semanas después Edgar vino nuevamente de visita, y una tarde los tres, nos pusimos al día, acompañados, evidentemente, de nuestro querido rosé. Gabriela contó su último suceso, al cual Edgar, con piel de gallina, le respondió “es que no te das cuenta… este es el deja vú de la última década” yo me quedaba cien por ciento callada, ya que no quería interrumpir esta trama que tanto me intrigaba… “No es de casualidad que ese galán, sin conocerte en absoluto, haya utilizado tantos de los adjetivos que contigo utilizaba tu ex enamorado”… “a ver, elabora” le decía Gabriela, cada vez menos convencida de la falacidad de las teorías de Edgar. “Claro, así como existen constelaciones familiares, también las hay en las relaciones interpersonales. No se trata de un chico que te ha sabido leer, se trata de un chico que ha venido a tu vida para que tu finalmente puedas poner END”. “no entiendo nada” tuve que interrumpir, a lo que Edgar me contestó “En todos los mensajes el muchacho nuevo, sin conocer a Gabriela, la ha descrito como lo hubiese hecho el ex, literalmente de la misma manera. Estoy convencido de que este muchacho ha servido como vehículo cósmico para que ambos suelten todo lo que en su momento no fueron capaces de dejar” …y dándoselas de chamán agregó “te apuesto que después de esto tus épocas de “salada” han llegado a su punto final...”

Ya nos enteraremos como le va a Gabriela de ahora en adelante en el amor, y a pesar de las muchas coincidencias y de la insistencia de Edgar, me cuesta trabajo creer que este muchacho fuera un enviado esotérico del universo. sin embargo no pude deja de pensar en el tiempo y lo perfecto de sus actuares. Si no es el momento indicado para cerrar un capítulo, por más que se intente, el libro seguirá abierto. Pero si es que llega el momento adecuado, no hay no tiempo ni trampa ni atajo que haga lo pueda evitar. ¿Cuál es el balance que nos trata de enseñar esta dualidad? Destino, Karma o pura coincidencia, la verdad sigue siendo la misma: cuando llegó el momento adecuando, así Gabriela no se diera por enterada, la historia sola se dio por terminada. 


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