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Cecilia de Orbegoso es trujillana y radica en Londres.

Por: Redacción La Industria

PLAN B

Publicada el 09/05/2021 - 04:26 PM

[FÁBULAS URBANAS] ¿Es la edad una ilusión?, por Cecilia de Orbegoso


Si bien aplaudo la convicción de mi amiga, no pude evitar preocuparme por los motivos detrás de esta decisión. ¿Será que realmente considera la edad como una ilusión?

Este miércoles, después de una interminable encerrona “de miércoles” en un hotel del aeropuerto, mi buena amiga Emma llegó, con maletas en mano, a quedarse unos días en mi casa. Tenía que venir a hacer un trámite de vida o muerte en Londres y, dado que el Perú forma parte de la “red list” pandémica, no había forma de que se librase de esta obligatoria cuarentena. No sabría cómo explicar la emoción que me causó saber que no solamente volvería a ver a una de mis mejores amigas después de casi un año y medio, sino también que al fin podría compartir con alguien el mismo espacio, dejar de hacer monólogos frente al espejo y que mi mayor contacto dejaría de ser la pantalla de un teléfono.  

Ni bien descorchada la primera botella de prosseco, procedimos con una rápida actualización de lo más reciente de nuestras vidas, tras lo cual, y seguido de varios intentos fallidos de descifrar nuestro futuro más cercano con las cartas del Tarot, Emma sacó un necesser gigante de maquillaje de su carry on.  “¿A donde te vas?” Le pregunté yo, a lo que ella me respondió me la he pasado mensajeándome toda mi cuaretena con este chico que conocí en Hinge, y tengo un date con él en Covent Garden”, “¿ah sí?” insistía yo, exigiendo poco sutilmente algo más de detalle sobre este personaje.

“No sé mucho. Algo tiene que, por lo menos virtualmente, hizo que me cayera muy bien. Ya me enteraré, pero sí te puedo revelar un secreto: el galán en cuestión tiene veintitrés!”. “¿Años de vida artística?” le pregunté, “no, veintitrés años de edad”. “Ay, mira tú Emma. por un pelo esto no es ilegal” le contestaba yo, de lo más jocosa.  

Efectivamente, no podía negar que mi amiga Emma contaba con un papel protagónico en muchas de las mejores escenas que, no me queda duda alguna, seguirán presentándose gratuitamente en mi cabeza durante las próximas décadas: relaciones complejas repletas de risas y desamores, cada una más estrafalaria que la anterior. Yo, mientras tanto, solo me puedo jactar de contar con el título vitalicio de asesora de moda para dichas ocasiones. 

Mientras esperaba a que regresara, con una copa de vino en mano, aproveché el momento para hacer una recapitulación de todos sus “Mr. Wrong”, cada uno memorable no solo por su personalidad, sino también por los excelentes papeles que protagonizaron en cada una de estas peculiares anécdotas. El primer ejemplo que se me vino a la mente fue el de su ultimo galán oficial, con quien había terminado pocos días antes de empezada la primera cuarentena.  Inmediatamente tras este último rompimiento amoroso, había contactado a su acertado tarotista, quien le aseguró que en noviembre conocería a un brasilero de géminis, que trabajaba en finanzas.

Recuerdo claramente su satisfacción  cuando me llamó a contarme que se le había cumplido la profecía. Efectivamente, lo había conocido un 29 de noviembre, en una noche de chicas que de antemano ella ya había dado como perdida. Sin embargo, un detalle importante que las cartas omitieron fue que la premonición en cuestión tenía 25 años más que ella y, aunque al comienzo todas defendíamos la idea de que la edad no es más que un ilusión, Emma terminó por confesarnos que las dos exesposas sí eran de carne y hueso y que, por más que le gustase el individuo, no estaba dispuesta a meterse en ese tipo de conflictos.  

Previa a esta situación, según la línea de tiempo que había logrado construir, se le había presentado a Emma una aventura que, si bien fue de las más breves de su repertorio, no dejó por eso de ser también una de las más estereotípicas. Olga, una amiga lituana que conoció en la maestría, extravagante y acostumbrada a codearse con hombres ricos, un día de visita en Londres, invitó a Emma a cenar.  En la misma mesa y ni bien servida la cena, Emma conoció a un diplomático francés, por el que se sintió atraída de inmediato. Después de una noche de diversión, como si fuera la cereza del helado en el que parecía haberse transformado ese prometedor fin de semana, rápidamente accedió a acompañarlo al día siguiente (convenientemente un sábado) a Escocia. Años después de ocurrida esta situación, aún no estoy segura de si se sintió sorprendida o simplemente resignada cuando, una vez llegado el lunes y tras haber regresado de su viaje, nunca más volvió a saber de él.

Este episodio, sin embargo, no pareció afectarla verdaderamente, en especial si se compara a este oportunista diplomático con alguno de los salientes que verdaderamente le movieron el corazón. Uno de los más icónicos fue el hijo de un Lord, con el cual las constantes excusas no fueron lo único que le llamó la atención, ya que a pesar de que cuando se paraba junto a ella eran del mismo (y muy considerable) tamaño, no pudo evitar notar que él tenía lo que comúnmente se denomina como “cuerpo de chato”. Llegado el momento de intimidad, descubrió la verdad: no se trataba de un tema óptico, más sí de los 14 centímetros de taco interno que tenía  camuflado en los zapatos. Nos dijo que ya no lo podría volver a mirar sin pensar en él como el Lord Elevate Shoes

Fue entonces cuando, ya entrada la madrugada a mi casa, Emma volvió a casa con una sonrisa de oreja a oreja. No hace falta mencionar que, independientemente de la hora, a Emma no le quedó de otra que sentarse y hacer frente a mi gran demanda: necesitaba saber con lujo de detalles todo lo que había ocurrido en su noche de parranda. “Fue de lo más educado, amable y divertido. No descartaría tener un breve romance, la química fue bastante intensa. Además, no hay forma de ponerle precio a todo lo que me he reído”.  

El muchacho, sin embargo y a pesar de haberse mostrado encantador, no podía evitar demostrar un grado de madurez que iba perfectamente acorde con su corta edad: había decidido posponer por un par de años la universidad y, durante ese período, se entretenía dibujando sus propios comics, ya que tenía alter ego de súper héroe y, para rematar la imagen, tenía un skate que de vez en cuando usaba para patinar. Si bien estas cualidades eran perfectamente aceptables y no había nada inherentemente malo en ellas, yo no podía hacer la vista gorda al obvio problema que saltaba a la vista: Emma y este nuevo muchacho no tenían nada en común el uno con el otro, así que no veía forma lógica alguna de que esa relación pudiese tener una larga duración ni mucho menos un destino final cuasi formal.  

“Sigo intrigada, ¿cómo así accediste a salir con alguien de esa edad? Le insistía yo, No sé qué me pasó, pero de repente me sentí tentada a quedar con este “Superboy”. Incluso yo, con lo heroína que soy, fui incapaz de resistirme”.

Si bien aplaudo la convicción de mi amiga, no pude evitar preocuparme por los motivos detrás de esta decisión. ¿Será que realmente considera la edad como una ilusión? ¿O es esta acaso la respuesta de Emma frente a un inminente periodo de transformación? Un par de años atrás, con un sinsabor, recibíamos su cumpleaños número 30, sin darnos siquiera cuenta de la rapidez con la que la adultez y todas las responsabilidades que esta implica habían tocado su puerta. ¿Se deberá, acaso, esta actitud a una respuesta natural frente al estricto y muchas veces cruel rol que se nos ha asignado como mujeres?

Después de todo, en la sociedad actual, cargada más que nunca de una preocupante obsesión por la juventud eterna y por expectativas francamente imposibles de lograr, me queda la duda de si las mujeres de mi generación estamos verdaderamente logrando convertirnos en adultos maduros y responsables o si, por el contrario, nos encontramos frente a un marcado punto de inflexión, en el cual intentamos revivir ciertos episodios de nuestra adolescencia para intentar compensar por los objetivos imposibles que nosotras mismas nos hemos trazado.  ¿Será que Emma estaba frente a una gran crisis causada por la ciega negación? 

Por lo que veo, Emma sigue decidida a tener en su bitácora un affaire lleno de diversión. “Total”, decía esa noche mi amiga, “¿Cuál es el pecado en tratar de recordar una época más simple, pasar el rato, y si es posible, revivir aquellas anécdotas de cuando recién teníamos veinte años?” 


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