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Por: Redacción La Industria

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Publicada el 15/05/2021 - 12:54 PM

[Opinión] Después de tiempo me la encontré otra vez, por Cecilia de Orbegoso


Tomando en cuenta todos estos pros y todos los contras, me pregunto, ¿es el amor, entonces, una bendición o simplemente un dispositivo de tortura?... No lo sé. Lo único que me consta es que, al menos en este caso, esa curiosidad no va a matar a esta gata.

Cada vez me convenzo más de que, en la sociedad en la que vivimos, rodeados de gente desesperada por formar pareja, a veces no hay nada mejor que estar fuera de una relación. Súbitamente me encuentro con la sorpresa de que tengo tiempo para mí, ya sea para invertirlo en mi Capex de mantenimiento (léase, pintarme el pelo y tener siempre las uñas bien hechas), ver la misma película una y otra vez todas las noches por una semana completa, armar cientos de playlists que me evocan recuerdos de infancia para luego ponerlos a todo volumen y cantar como si fuera Celine Dion,  dormir a la hora que me provoque e, inclusive, mantener un excel en el que organizo mis lecturas de tarot según fecha, categoría, baraja, arcano mayor y, por ahí, una que otra conclusión.

Pero lo mejor de lo mejor es, sin lugar a dudas, la maravillosa realización de no tener que darle cuentas a nadie. Ah, otra cosa que no puedo dejar de mencionar (además del hecho de saber que puedo mirar sin comprar y, si por ahí caigo en la tentación y termino comprando una que otra prenda, apoyarme en la práctica política de devolución con reembolso completo) es el extenso tiempo con el que ahora cuento para ponerme al día con mis amigos. 

Un martes por la tarde Emma, quien se encuentra hace una semana de visita en mi casa; Jaime, un amigo en común, y yo nos fuimos por unos gins and “talking” a un simpático club en Mayfair. Teníamos asignados un máximo de cinco minutos por cabeza para realizar un update laboral, tras lo cual nos apresuramos a pasar al tema interesante: el sentimental. El protagonismo de la noche se lo llevó Jaime, quien tras haberse encontrado en una relación extremadamente tóxica por casi diez años y aún a pesar de haber pasado por su ruptura dos años atrás, nos confesaba lo duro que había sido para él este proceso, hecho que nos dejaba en claro a Emma y a mí que, a pesar de hablar con tranquilidad de esta relación pasada,  aún no la había superado.  

Una hora después de escuchar sus bitácoras de una década frustrada, más anécdotas mutuas sobre la muchacha, Jaime nos presentaba su conclusión. “Lo siento por Laura (la finada), realmente lo hago. Porque, si lo piensan, yo era lo mejor que le había pasado”, decía mientras pedía una ronda más de tragos. “De hecho, la compadezco. Ahora sí estoy con alguien que me merezca y no con una chica insegura y pesada que no me pudo tratar bien…ahora, voy a terminar delirantemente feliz y ella morirá en su ley”.

 Efectivamente Jaime se encontraba ahora con una chica nueva, con la cual decía encontrarse muy feliz. Sin embargo y a pesar de sus insistentes declaraciones, Emma y yo no pudimos evitar notar que cada vez que Jaime empezaba una nueva anécdota sobre la nueva etapa de su vida, esta terminaba invariablemente por transformarse en una crítica de la anterior. No parecía darse cuenta de lo mucho que comparaba a su antigua novia con esta nueva chica, tras lo cual concluía el relato con un “la compadezco. Realmente, la compadezco”

A esas alturas de la noche, las únicas personas merecedoras de compasión éramos nosotras. Emma, sin embargo, siendo fiel a la franqueza que la caracteriza y poniendo a buen uso su lengua, implacable como un látigo, finalmente le contestó “Jaime, estás obsesionado con hablar de Laura y, francamente, no podemos soportarlo más. Esto ya es muy grave como para ignorarlo”. “¿Qué es esto, una intervención?” nos refutaba él, molesto. ”Digamos que es una señal. Necesitas detener esta obsesión” le insistía yo. “Pero, ¿no es parte de todo el proceso de ruptura el tener rienda suelta para quejarte con tus amigos?”  

Por supuesto que sí, pensábamos ambas, aunque esto no detuvo a  Emma de sugerirle buscar ayuda un poco más profesional. Francamente, y a pesar de mi apoyo a esta idea, no podía evitar pensar que ambos tenían un punto muy válido. ¿Por qué deberíamos pagarle a alguien para escuchar nuestros problemas cuando podemos hablar gratis y, como si fuera poco, terminar la noche con unos drinks? Una vez entrado a tal nivel de confianza entre amigos, uno pensaría que no se necesita ayuda profesional. Otra parte de mí, sin embargo, no podía evitar pensar que esta situación se asemejaba demasiado a la de un ciego guiando a otro ciego: cada uno está peor que el otro, y al final al final no hacemos más que seguir dando vueltas en el mismo círculo vicioso.   

Mr obssessive, después de ese comentario, giró completamente el ángulo de su conversación y se concentró en compartir  los maravillosos detalles de su nueva relación (con poco éxito, valga mencionar, ya que a pesar de sus esfuerzos, no dejaba de compararla con la anterior). “Uy esto como el día y la noche, no hay punto de comparación. Encontré el Ying para mi Yang, esto es simplemente la perfección”.

 Después de ese análisis psicológico barato que más parecía sacado del rincón del vago, Emma y yo nos encontramos sentadas solas las dos en el taxi de camino a casa. En ese momento ella aprovechó para comentarme una reflexión que, si bien es sabida por todos, es verdaderamente asimilada por muy pocos: no necesariamente comenzar una nueva relación significa que ya cerraste la anterior. Efectivamente, mientras Jaime se esforzaba por pintarnos una vida perfecta con esta nueva chica, seguía insistiendo en traer a esta “imagen perfecta” los tonos lúgubres de su antigua relación.

¿Por qué, me pregunto, esta obsesión por engañarnos a nosotros mismo? Yo  siempre he dicho “lo que es, bien. Y lo que no, también”. Mal que bien, cada concursante de este programa de juegos llamado “felices para siempre” te deja una lección importante que te ayudará a acercarte más a la meta en el siguiente intento. ¿Se deberá, acaso, nuestro resentimiento con estos pasados finalistas a un miedo subconsciente a que logren llegar a su objetivo con alguien más? ¿O es acaso miedo el que sentimos, cuando nos vemos pasar de un rango de edad a otro y nos damos cuenta de que  el número de concursantes no hace más que achicarse?

Tomando en cuenta todos estos pros y todos los contras, me pregunto, ¿es el amor, entonces, una bendición o simplemente un dispositivo de tortura?... No lo sé. Lo único que me consta es que, al menos en este caso, esa curiosidad no va a matar a esta gata.

Ya con pijamas puestas y caras lavadas, Emma y yo nos dijimos nuestra frase más mágica y repetida por excelencia “¿Qué tal si abrimos un vinito y conversamos?”. Una vez descorchada la primera tanda, mientras mirábamos las fotos del viaje que hicimos las dos al cumplir 30,  me atreví a soltar una transcendental conclusión a la que había llegado esa noche.  “No sé lo que me espera en el futuro, pero a mis 32 he aprendido a la mala que no es trabajo de nadie, sino solo mío, del de  cuidar de mí y hacerme feliz”.

Mal que bien, volviendo atrás y luego viéndonos ahora, se me vienen a la mente las muchas veces en las que tanto Emma como yo fuimos los “Jaimes” de nuestras respectivas relaciones, y no puedo hacer más que agradecer esos momentos que, si bien nos hicieron tocar fondo, también nos ayudaron a impulsarnos a crecer. Después de tiempo nos encontramos otra vez….y como diría Pedro Suarez Vértiz, “hemos desarrollado más de lo que pensamos” 




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