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Cecilia de Orbegoso es trujillana y radica en Londres.

Por: Redacción La Industria

PLAN B

Publicada el 18/07/2021 - 02:52 PM

[FÁBULAS URBANAS] The Hunger Games, por Cecilia de Orbegoso


Necesitaba una excusa irrefutable para que su padre no la haga regresar; y para su suerte, consiguió unas codiciadísimas prácticas en Google.

Un miércoles, ya bien entrada la noche, mientras tomaba los sorbos inaugurales del primer negroni del día, aproveché para leer nuevamente los primeros capítulos de unos de mis libros favoritos: orgullo y prejuicio. Había dejado de lado por mucho tiempo a la avant garde que era Elizabeth Bennet, quien asumía sin dramatismos la amenaza del gran estigma de las mujeres de la época: la soltería. Si bien el antes mencionado personaje tenía en su haber un sinnúmero de fallas (algunas de las cuales, sin mucho buscar, pueden ser encontradas en el mismo título del libro), estas son a mi parecer totalmente redimidas por lo revolucionario de su mentalidad.  

Por otro lado, sus desventuradas amigas vivían básicamente encerradas a la espera constante de que un galán aparezca en sus vidas y, con una sola propuesta, les otorgue el mayor galardón al que podrían jamás aspirar: el de continuar su encierro en una casa distinta a la que habían nacido. Una tarde Charlotte, su mejor amiga, le dice "No soy nada romántica, ya lo sabes... Todo lo que pido es una casa cómoda". Mientras tanto Elizabeth, decidida a casarse por amor, había pasado ya meses ignorando toda señal del antipático, distante, pero ante todo boyante, señor Darcy, sin tener manera de sospechar el impacto que estas frías interacciones tendrían en su futura vida. En ese entonces, el cortejo contaba con escasos medios de comunicación y una larga espera entre cada interacción; mientras, hoy por hoy, no dejo de ser testigo de un sinfín de ansiedades de domingo mirando un celular a la espera de una notificación, ¿será que tanto misterio, contra todo pronóstico, mantenía viva la llama de la pasión?

Fue en ese momento que recibí una llamada de Alexa, una de mis amigas más cercanas de la maestría. Al escucharla al otro lado de la línea no hizo falta mucho para darme cuenta de que la chica se encontraba completamente angustiada.  La culpable, en esta ocasión, era la agresiva jungla de expectativas sin salida en la que se encontraba perdida. Ella: inglesa, guapa, cosmopolita, elegante y con una pizca de picardía que la volvía atractiva tanto a la vista como al oído. Su familia: originaria de Pakistán, tradicional al extremo, veía su perspicacia como una amenaza. El padre, extremadamente religioso y conservador, le exigía a su hija menor que abandone Londres, ante sus ojos una ciudad de latentes tentaciones de alcohol, muchachos y desmadre, para instalarse en la casa familiar en Dorset, un tranquilo condado inglés, donde él podría ejercer absoluta tutela sobre ella.  

“Pero papá, ¿Qué voy a hacer con la maestría?”, “bueno hija, puedes tomar en la mañana un tren de ida y luego por la noche un tren de venida, yo no quiero que te mudes de esta casa hasta que salgas propiamente casada”. Alexa, desesperada, trataba de conversar con su madre, quien desde Pakistán le daba a entender que la palabra final, independientemente de la opinión de ella, venía y continuaría viniendo siempre de su padre.  Esta compleja situación se había agregado a su casi constante frustración por la cada vez más precaria oferta laboral, que, tanto para los financistas y banqueros como para el resto del planeta, presentaba cada vez obstáculos más difíciles de salvar.

Necesitaba una excusa irrefutable para que su padre no la haga regresar; y para su suerte, consiguió unas codiciadísimas prácticas en Google. A pesar de ello su intranquilidad continuaba.  “Necesito algo permanente, si no, ¿con qué otra excusa me voy a quedar?” decía, y mientras yo ponía mi clásica cara que prometía mucho análisis, pero pocas respuestas, ella seguía "No puedo hablar con nadie de mi familia. Y mi hermana mayor, quien debería interceder por mí, me dice que lo único que debería tener en mente es con quien me voy a casar".  

Finalmente, poniendo la cereza sobre el helado, me confiesa que a sus debacles familiares y laborales no hacían más que verse intensificados por los pasionales. Amil, un suizo-hindú a quien ella veía hace casi un año, aun no se había dignado a poner sobre la mesa los términos de su relación, y ella, al no saber sobre que terreno sentimental pisaba, bordeaba los niveles inevitables y ya antes mencionados de ansiedad. "Siento que camino sobre cáscaras de huevos, sé que tengo que hablar con él, pero no me atrevo. A fin de cuentas, si le digo lo que pienso estoy más que segura de que lo pierdo".

"Mira Alexa, sobre tu familia, es poco lo que se puede hacer, vas a tener que aprender a bailar a su ritmo y tratar de no marearlos en el camino. Por el lado laboral, no por algo dicen que buscar trabajo es un trabajo en sí mismo. Piano piano, ponte una meta de un mínimo de postulaciones al día. Sin embargo, en cuanto a ese muchacho, no te queda más que sincerarte y preguntar ¿Qué es lo que de mí quieres sacar?"

A ella, al otro lado de la línea, no le quedó más que asentir con la cabeza y aceptar que era momento de exigir claridad, especialmente con aquellos compromiso-fóbicos con los cuales una se corre el riesgo de lanzar esa temida pregunta de “y esto, ¿hacia dónde va?”. Al colgar el teléfono no podía dejar de pensar en que podrías decirle a un hombre “te odio” y probablemente experimentes el momento más pasional de tu vida, pero atrévete a decirle “te amo”, y más que seguro que no, se desvanece inmediatamente de tu vista. Entonces, ¿cómo sabemos en qué momento nos tenemos que callar y cuándo si podemos hablar?  ¿será que hay un set de reglas clandestinas qué tenemos que acatar? 

Me acordé entonces del best seller de los noventas: “The Rules”, la máxima guía para toda aquella mujer que buscaba no naufragar en las turbias y peligrosas aguas de la soltería. Dicho libro daba una serie de pautas para transformarte a ti misma en el objeto máximo de intriga y lograr que cualquier hombre pierda la cabeza: ser honestas, pero misteriosas; cariñosas, pero limitar las emociones, y entre otros mandamientos cuya finalidad es evitar que las mujeres pierdan el misterio, cosa cada vez más fácil, por la asequibilidad que nos da, según las autoras, la era digital. 

Pasaron casi 200 años entre la novela de Jane Austen y el manual para decirle adiós a la soltería, sin embargo, las reglas poco han cambiado y el premio sigue siendo el mismo.  ¿Estamos frente a un juego de ajedrez, con estrategias, ataques y contraataques todo para hacer creer al oponente que está en balance hasta que una gane? ¿quién tiene entonces la ventaja? Mal que bien, cuando un hombre hace su jugada es considerada como un gesto romántico, mientras que cuando la mujer la hace es vista como desesperada, pienso yo, en este juego de ser codiciada ¿no es un poco agotador seguir jugando a la presa y el cazador?


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