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Por: Redacción La Industria

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Publicada el 06/08/2021 - 02:43 PM

[Opinión] Remar a contracorriente, por Juan Vásquez


Si bien las raíces remotas del anticomunismo y lo que sobrevino con su principal mentor, el senador por Winsconsin, Joseph McCarthy, se centran en EE.UU., el fenómeno se extendió por el mundo y llegó al Perú.

Corren ríos de tinta aun desde que, en los años 50, la persecución más inflamable del macartismo envileciera las tradiciones democráticas, la política y la cultura norteamericana. Si bien las raíces remotas del anticomunismo y lo que sobrevino con su principal mentor, el senador por Winsconsin, Joseph McCarthy, se centran en EE.UU., el fenómeno se extendió por el mundo y llegó al Perú. Ese retroceso al autoritarismo que envenenó la democracia de USA coincidió con la crueldad de la era estalinista en la Unión Soviética y fue la chispa que incendió la pradera ideológica. El paisaje es archiconocido: organizaciones patronales y empresas periodísticas agitaron un fuerte sentimiento anti radical y anti obrero frente a las huelgas protagonizadas por sindicatos anarquistas en territorio norteamericano. Ese fue el germen para la manifestación espasmódica de las ideas de McCarthy y su posterior entronización en los sectores más reaccionarios de muchas partes del planeta, conforme lo señala J. Alberto Bozza, investigador argentino. La jerga macartista se nutre de una narrativa macroconspirativa, con altas dosis de xenofobia y se autoproclama “escudo protector de las tradiciones nacionales y de las libertades originarias”. La propaganda, que agita siempre con “el peligro rojo” disfrazadas y falsarias, son conocidas hasta el hartazgo. La mirada fiscalizadora del macartismo apunta a la cultura, producción intelectual, sistema educativo y a la difusión, producción y enseñanza de la historia. Todo ello-por supuesto- le hizo mucho daño a los Estados Unidos. Pero los reaccionarios en Latinoamérica nunca aprendieron las lecciones históricas. En su maniqueísmo tildaron de comunista a todo aquél que cuestionara el sistema. En el Perú no se salvaron ni Haya, ni Belaunde, ni monseñor Vargas Alzamora. Nuestros macartistas desideologizados y congelados en el tiempo, acorazados con un manto de “modernidad”, van desde sectores empresariales, pasan por algunos partidos políticos retrógrados hasta voceros religiosos recalcitrantes, estigmatizando todo lo que huela a progresismo.  Ahora, el macartismo en el Perú muestra los dientes al gobierno izquierdista de Pedro Castillo. Y congelados en 1950, arremeten sectores contumaces del Congreso, algunos voraces gremios y, claro, desde la narrativa paranoica de cierta prensa iletrada que no distingue entre intereses patronales y el verdadero servicio al ciudadano. Es como navegar en la tormenta o remar a contracorriente.



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