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Cecilia de Orbegoso es trujillana y radica en Londres.

Por: Redacción La Industria

PLAN B

Publicada el 24/10/2021 - 05:23 PM

[OPINIÓN] No me quites mi caramelo, por Cecilia de Orbegoso


Le hice una visita rápida a María el lunes, con motivo tanto de recoger unos encargos pandémicos como de hacer un catch up express.


No necesariamente todo lo que brilla es oro, y mucho menos por morirnos de ganas lo convertiremos en aquello: mal que bien, no todas tenemos atributos de rey Midas. Es por esto mismo que, después de ver a mi buena amiga María (quien volvía tras un mes y medio de encontrarse recluida en su natal España) no pude evitar pensar en si, al elegir un producto que pensamos comprar, le damos el mismo valor tanto al contenido como a la marca. 

Le hice una visita rápida a María el lunes, con motivo tanto de recoger unos encargos pandémicos como de hacer un catch up express. No hace falta mencionar que en esa media hora en la que nos vimos, María aprovechó para contarme las últimas penurias de su saliente más reciente. “Dame más madera para prender un fuego”, decía yo en mi cabeza, ya que, para mí, esta dinámica de terapeuta en casa me resulta de lo más beneficiosa y nunca dejo de repetírselo a mis amigas cuyos ligues y pleitos son mi pan de cada día.  

Vivimos en un mundo en el que casi todos buscamos pareja y, aunque los tiempos y modalidades de búsqueda puedan cambiar rápidamente, parece que las prioridades se mantienen inertes. Ese día mi amiga me contó terroríficos detalles sobre su último saliente: para  variar, lo había conocido en un dating app, tras lo cual el muchacho no se había hecho de esperar para sacar a la superficie sus más turbias profundidades.

Al ver las fotos del chico tuve que aceptar que la fotogenia le jugaba a favor, ya que, al menos en fotos, se veía como un prospecto atractivo. Sin embargo, María ya me había advertido, “mentiroso, es el muchacho. Dice 1.78, pero en la vida real con las justas llega 1,70 cm. Incluido el taco interno del zapato".  

No le hizo falta al chico más que notar que María empezaba a entrar en confianza para que las faltas de respeto emergieran del subsuelo. Un viernes por la noche, en la sala de María, el muchacho no tuvo el menor recato al momento de soltar todas sus frustraciones y manías, junto a un par de acusaciones que tenían tanto de ridículas como de infundadas, para posteriormente irse vociferando a vivo pulmón sus muchos enojos. Mi pobre amiga, mientras tanto, no atinó a más que quedarse contemplando la escena, perturbada y confundida.

“Precisamente ahora que ya se ha ido, querido universo mándame una señal” pensaba ella. Y, contra todo pronóstico, vio una pequeña luz de esperanza cuando, a los 4 minutos, sonó el timbre de su casa. “Divina providencia” pensó ella “este hombre recapacitó y está volviendo para pedirme perdón”. ¡Nada que ver! Se había olvidado el celular en el sillón de la sala. “No hay más que hacer” pensó ella para, acto seguido, sin ningún tipo de culpa ni propósito de enmienda a la vista, decidir tirar la toalla y pasar el fin de semana comiendo chocolates y viendo películas.

“Me dejé llevar por el envoltorio y dejé pasar absolutamente todas las reds flags” me confesó. El paquete en cuestión incluía una combinación entre un aventajado trabajo en finanzas y un muy cómodo departamento en Chelsea. “Me dejé cegar completamente” añadía cabizbaja “nunca más me voy a guiar por un perfil en particular”. Así fue como, después de ese desafortunado encuentro, María decidió ponerle punto final no solo a su tercera década, sino a esa poco exitosa actitud de selección.  

En ese momento no pude evitar pensar en que, por más que las mujeres nos quejemos de lo duro que es el sexismo con nosotras, los hombres tampoco se salvan. Mientras que a una implícitamente la convencen de que “estar guapa” es la única manera de conseguir pareja, los hombres se enfrentan día a día con un barómetro que solo por ser distinto no necesariamente es más fácil de manejar: éxito económico, comodidad y seguridad son los criterios bajo los cuales juzgados de manera tan dura como ellos nos vienen a catalogar.

Ahorita, 3 días después, me encuentro en casa tras regresar de recibir su cumpleaños número 31. Muy osadas, habíamos ido en contra de la legalidad en tiempos de pandemia. Pero, ya que se trataba de una fecha especial, las asistentes consideramos no haber roto ningún parámetro de la legitimidad. ¡Y ni qué Virgilio ni que Gastón Acurio! Mi amiga se acaba de llevar la medalla de oro culinaria. O será que yo hablo sesgada, a fin de cuentas, para mí no hay nada mejor que espárragos y coliflor con salsa blanca.

Justamente después de haberme embarrado con el terrible pecado de caer en la tentación de un caliente blondie con nutella, Amelia, una chica que conocimos hace poco, pero con la que inmediatamente hicimos click, nos contaba los detalles de su reciente pedida de mano. Ya que en nuestro círculo estamos más que acostumbradas a historias tristes y pájaros de mal agüero, su historia de amor acaparó completamente nuestra atención. Ahora bien, dado que tocamos el tema, no me permitiría avanzar con la historia sin aprovechar para confesar que últimamente me está preocupando el hecho de que cada vez que recibo historias de mis amigas, todas sin excepción se ganan el título de tragicomedia.  El cinismo de mis amigas, bastante golpeadas en el 99% de los casos, simplemente ya me está inquietando.  

Amelia dijo fuerte y claro: desde un comienzo me di cuenta de que él no era el perfil que yo normalmente buscaba. Por un lado, ella, una simpática carioca. Él, por el otro, un inglés peculiarmente aguado. Además de las nacionalidades, sus actitudes eran como el agua y el aceite, tanto en el ámbito laboral como especialmente en el social. “no compartíamos nada” explicaba ella “normalmente yo buscaba chicos que tuvieran lo más en común posible conmigo y él obviamente no calificaba”.

A pesar de ello Amelia se decidió a darle una oportunidad a la relación. “no sé si fue iluminación divina o un puro capricho del destino, pero en ese momento me decidí a intentar que ese prospecto dudoso llegara a puerto” nos decía riéndose “al final, ¡no es como si mi estrategia anterior me estuviera sirviendo!”. Tras muchos desacuerdos, concertaciones y, particularmente, un gran número de malabares sociales, Amelia se dio con la sorpresa de que, no solo este sistema iba de maravilla, sino que, a dos años y medio de relación, ya podía mostrar orgullosamente el anillo.

Mientras ella nos iba contando esta historia de casi fantasía, María, boquiabierta, empezó a considerar que probablemente su estrategia no haya sido la más eficiente. Ahora bien, no intento decir con esto que nuestros problemas se resolverán mágicamente si nos ponemos a buscar el Ying para nuestro Yang, pero no puedo negar que un error recurrente en el que muchos solemos caer es el de aferrarnos a una estrategia fallida con la ingenua esperanza de que esta vez vaya a lograr resultados diferentes. Si nuestro “perfil” de novios no está dando resultado, ¿acaso hay daño en intentar ver si uno nuevo cumple mejor nuestras expectativas? Después de todo, como diría mi mamá, no hay peor gestión que la que no se intenta. 

Yo me despedí de María con una mezcla de satisfacción y culpa por la “comedera”, y además con la duda, tras décadas de historias trágicas, de si nuestra psicología del consumidor estaba bien encaminada. ¿Somos acaso víctimas de un excelente branding y manejo de marca, que nos lleva a elegir reiteradas veces un producto que no nos acomoda solo porque viene en un envoltorio brillante? Mucho es lo que nos quejamos, pero que levante la mano quien no haya pecado de ponerle más peso en la ecuación a la billetera que al galán. ¿Qué es lo que jala el ojo al elegir un caramelo? ¿el sabor del relleno? ¿O el papel celofán? 


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