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Por: Redacción La Industria

TRUJILLO

Publicada el 05/12/2018 - 06:41 PM

Javier Rodríguez Vásquez: “Yo me quiebro, soy humano”


El alcalde de Laredo, Javier Rodríguez Vásquez, vive a salto de mata por las extorsiones que recibe. ¿Cómo se administra un distrito con el temor de que te maten en la esquina?

Escribe: César Clavijo Arraiza


Según la Policía Nacional, en La Libertad, al mes se denuncian unos 20 casos de extorsión. Uno de ellos es el alcalde de Laredo, quien no cree en el zodiaco, pero acepta lo que su signo dice de él: líder, reservado, reflexivo, estratégico. ¿De que te sirven esos valores cuándo los delincuentes te pisan los talones?


El alcalde de Laredo mira uno de los afiches que pegó hace dos años para ganar las elecciones del 2014. El cartel está roto y engomado en la fachada de una casa que, también, está rota. El candidato de la lámina tiene más de cinco kilos de peso que la autoridad que, este día de mayo, camina por la arteria que tiene las cañerías de agua expuesta por una obra de mantenimiento.

–Usted, sí guarda la figura–bromeó con él, minutos antes, un obeso funcionario regional de Defensa Civil, abrazándolo por el estómago, antes de coordinar una actividad de prevención que involucra a escolares.

Frente a su afiche, en el sector Víctor Raúl Haya de la Torre, el alcalde, que ha sufrido en las últimas semanas dos atentados con bombas molotov, se ríe de pena.

“Es por la presión que uno vive”, dice para explicar su delgadez.

La presión es ansiedad. La ansiedad ataca al cerebro. El cerebro envía señales confusas al cuerpo. El cuerpo altera su metabolismo, ese conjunto de cambios químicos y biológicos, que entre otros aspectos, determinan el peso.

El alcalde flaco—uno de los 20 liberteños que al mes denuncian ser extorsionados— avanza esquivando montículos de arena, ensuciándose más los zapatos. A pocos metros su guardaespaldas lo vigila y, también, mitiga el calor con agua embotellada. 

Imagen y semejanza

El palacio municipal de Laredo debe ser el más feo de la provincia. Las paredes están sucias y despintadas. El piso oscuro disimula la mugre. El área previa al despacho del burgomaestre parece un almacén. Hay tres escritorios, dos  computadoras, dos impresoras, un hervidor en desuso, dos sacos de polietileno que guardan sabe Dios qué cosa, rumas de documentos y arreglos de Navidad que alguien olvido descolgar.

El alcalde Javier Rodríguez Vásquez sale y pide disculpas a dos personas a quien no podrá atender. “Oye, hermano, mañana temprano ven”, le dice a uno de ellos.

Sube a su camioneta. Su guardaespaldas se acomoda en el asiento de atrás y, guarecido por las lunas polarizadas, toma fotografías con su smartphone a unos sospechosos que están parados en la esquina. Son tres las personas que, por estos días, protegen al burgomaestre. Dos siempre andan con él y otro trabaja encubierto.

Luego de los atentados que sufrió, la autoridad solicitó resguardo a la Policía Nacional, pero esta no llega. Esa es una de las imágenes de la seguridad en el Perú: un alcalde busca ayuda para que no lo maten y el Estado tarda en dársela.


“Esa es una de las imágenes de la seguridad en el Perú: un alcalde busca ayuda para que no lo maten y el Estado tarda en dársela”


Yo me llamo Javier 

En la calle nadie llama alcalde al alcalde.

–Javier, ponle luz a la plazuela para que le dé un poco de vida– le pide una mujer frente al parque La Mar.

–Javier, no es justo que tengamos la arena frente a nuestra casa. Nos estamos enfermando–, le reclama una mujer en la calle Santiago de Chuco.

–Oye, Javier, arregla las pistas– le grita un chofer de combi desde su volante, cuando el alcalde está en la Plaza Central, explicando las mejoras que su gestión ha ejecutado en ese lugar. 

“Yo en su lugar, haría lo mismo; reclamaría”, justifica la autoridad ubicado delante de un mural del gran poeta laredino José Watanabe. “Algún día, dios mío, alcanzaremos a decirte de qué materia estamos hechos”, se citó en la pared en recuerdo del vate.

Laredo es considerado un distrito urbano; pero en el fondo es ampliamente rural: está compuesto por unos cuarenta centros poblados. El visitante piensa que todo es caña de azúcar, pero su geografía está salpicada con cultivos de pan llevar, zonas arqueológicas y, sobre todo, con terrenos eriazos.

Solo en limpieza y servicio de agua la municipalidad necesita unos 99 mil soles para garantizar una buena asistencia, pero apenas recauda unos 19 mil.

–Javier, acaba con la delincuencia, pe– le dice en la calle Córdova una joven.  Para pagar el serenazo, la comuna necesita 24 mil soles, pero los vecinos solo pagan 4 mil.

 “Me siento abrumado”

 “Yo me quiebro, soy humano”, admite Javier Rodríguez en una de las mesas del restaurante Santo Domingo, en plena carretera a la sierra de La Libertad.

Almorzó sopa y guiso de pato. Solo comió medio plato. “Me pongo a pensar: ¡tanta cosa! Gente que no me conoce y me quiere matar”, continúa. 

“No he estado acostumbrado a este tipo de vida. Me siento abrumado”. Luego enumera su fe— es adventista—, el apoyo de su familia y el de sus trabajadores como fortaleza en la cual se apoya para capear el temporal de violencia que lo sofoca. 

“Nunca ha estado en mí ceder”, dice sobre su postura de no pagarle a los extorsionadores. En esa actitud el alcalde flaco se parece al personaje del Héroe Discreto de Vargas Llosa.

“Muchos amigos se acercan y me dicen ‘Javier queremos colaborar para que estés tranquilo’. Yo les contesto que es un asunto policial”. Vargas Llosa deslizó que se inspiró para construir a su personaje Felícito Yanaqué, en una noticia que leyó o escuchó en una ciudad norteña.

29/05/2016

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